No sé cómo logré llegar al comedor con las flores aún en las manos. En algún punto del trayecto, arranqué uno de los tulipanes sin darme cuenta y lo dejé caer en el pasillo. Me sentía como una novia zombie huyendo de su propia boda.
Me senté en una de las mesas del fondo, esa donde nadie se atreve a molestarme porque suele estar cubierta de libros, apuntes, o alguna taza con restos de té negro y ansiedad. Crucé los brazos sobre la mesa, apoyé la frente en ellos, y traté de desaparecer del plano