Esa misma noche. Mi casa nunca se había sentido tan… ajena.
Mi mamá estaba en la cocina, como siempre, como si nada estuviera pasando. Como si no hubiera vampiros buscándome. Como si mi vida no estuviera a punto de romperse.
—¿Llegaste tarde otra vez? —dijo sin mirarme.
—Tenemos que hablar.
Eso hizo que se detuviera. Lentamente, dejó el cuchillo sobre la mesa.
—Ángela…
—No —la interrumpí—. Esta vez no vas a evitarlo.
Se giró hacia mí. Y vi el miedo en sus ojos.
No era sorpresa. Era miedo.
—Ello