Sigo comiendo en silencio, tragándome junto con la comida la irritación de no entender una mierda de lo que dicen. Cuando termino, me limpio la boca con la servilleta y me pongo de pie con Aiden en brazos.
—Con permiso.
Nadie me detiene.
Me retiro con mi hijo pegado al pecho. Ya es hora de cambiarle el pañal y, si de todos modos no voy a entender nada de lo que hablan, prefiero recostarme un rato antes de ir a ver a mis chicos.
Dejo a Aiden en un sillón amplio, junto a la pared de vidrio, asegu