Declan dejó escapar una risa baja, contenida, mientras el eco de la tormenta seguía golpeando el lugar. A unos pasos, Alexander yacía boca abajo, atado de pies y manos, con una mordaza que le cortaba cualquier intento de sonido. Su cuerpo permanecía rígido, casi inmóvil, como si ya estuviera muerto, pero no lo estaba; respiraba apenas, el pecho subiendo y bajando con cuidado, intentando no provocar nada. Había visto demasiado. El ruso se había encargado de mostrárselo de cerca, obligándolo a ob