—¿Adónde vamos? —pregunto al salir por la puerta principal.
Afuera el golpe del frío me muerde la cara al instante. La nieve apelmazada cruje bajo las botas y el aire corta la respiración. Allí encuentro a Connor y a Ian, quietos, firmes, con la seriedad marcada en el rostro y los hombros duros dentro de sus abrigos oscuros. Parecen dos centinelas salidos del mismo infierno blanco.
—Esto es culpa de ustedes. —La voz del ruso sale gélida, baja, intimidante. No hace mella en ninguno de los dos—.