En una habitación apartada de la mansión, alejada del bullicio de los heridos y las reparaciones, Yskara, Sara y Ariel estaban reunidos alrededor de una pequeña mesa de madera. Una vela parpadeaba en el centro, iluminando sus rostros con una luz tenue.
Habían estado hablando durante horas. De la guerra, de las pérdidas, del futuro. Pero ahora, el tema era más personal.
—Sara —dijo Yskara, con su voz serena pero firme—, sé que tu hijo tiene miedo. Pero no es de Milka. Es de lo que implica ser su