Al día siguiente, la mansión amaneció con un ajetreo inusual. Los sirvientes iban de un lado a otro llevando flores, telas, y alimentos. Los soldados, que aún descansaban después de la batalla, miraban con curiosidad los preparativos.
Se iba a celebrar una boda.
No era una ceremonia planeada con meses de anticipación. No había invitaciones formales ni protocolos estrictos. Era una boda improvisada, urgente, casi desesperada. Pero todos sabían que era necesaria.
Sara y Ariel habían hablado con C