Un par de días después, la caravana real llegó a la fortaleza.
Las torres de piedra negra se alzaban contra el cielo despejado, y las banderas Lycan ondeaban con orgullo en lo alto. Los daños del ataque aún eran visibles: muros agrietados, puertas reparadas apresuradamente, ventanas tapiadas. Pero la fortaleza estaba en pie. Y con ella, el corazón del reino.
Los salvajes llegaron primero.
Surgieron de las sombras como una oleada de pelaje y colmillos, inspeccionando cada rincón, olfateando cada