En un rincón apartado de la mansión, donde las sombras de la noche se mezclaban con el silencio de los heridos, Carlo y Milka estaban sentados en un viejo banco de piedra. La luna, alta en el cielo, iluminaba sus rostros con una luz plateada.
Carlo estaba tenso, con las manos apoyadas en las rodillas, la mirada fija en el suelo. Había estado dando vueltas a sus pensamientos desde la cena, desde que Milka anunció al mundo que él era su destinado.
No podía callarlo más.
—Milka —dijo, con voz grav