El pobre Antonio casi no escuchaba lo que Yskara le decía.
Su mirada se desviaba una y otra vez hacia Tarian, que estaba de pie junto al trono, con los brazos cruzados y una expresión de leve diversión. No necesitaba hacer nada. Solo existir. Su belleza era tan arrolladora que cualquier intento de concentración se desvanecía al instante.
—Señor fiscal —decía Yskara, con su voz serena pero firme—, es importante que entienda la naturaleza de nuestra comunidad.
—Sí —respondía Antonio, asintiendo s