Cuando llegaron a la habitación, Aynara lo vio.
Estaba pálido, demacrado, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada. Las sábanas blancas contrastaban con su piel amarillenta, y los vendajes cubrían la mayor parte de su torso.
Al sentir su presencia, Damián abrió los ojos.
La vio a ella.
Solo a ella.
—Aynara —susurró, tratando de no derramar las lágrimas que amenazaban con brotar.
Ella lo miró y se acercó. De su bolso sacó un pequeño recipiente: sangre de Lycan real. Tarian había sido