El agua helada del río golpeó a Aynara con una fuerza que le robó el aliento. Uzziel, pegado a su pecho, soltó un pequeño quejido, pero no llegó a llorar. El pequeño heredero parecía entender que no era momento de debilidades.
El Lycan salvaje nadaba con una potencia que rayaba en lo irreal. Sus enormes patas cortaban el agua como cuchillas, y sus ojos negros no se apartaban de su reina ni un segundo. A cada instante, giraba la cabeza para asegurarse de que ella seguía allí, de que el bebé segu