Kurt estaba allí, a unos metros, con el brazo vendado y la camisa manchada de sangre. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos dorados brillaban con la misma intensidad de siempre. Al ver a Elena, una sonrisa pequeña curvó sus labios.
—Señorita Elena —dijo, con su voz profunda y tranquila—. ¿Está bien?
Elena no respondió. Corrió hacia él como si le fuera la vida en ello.
—¿Kurt? —preguntó, jadeando—. ¿Estás bien? ¿Estás herido?
—Es solo un rasguño —respondió él, aunque el vendaje decía lo contrar