Los moretones. La sangre seca en sus manos. La forma en que caminaba, como si le doliera cada paso.
Quiso levantarse. Quiso abrazarlo. Quiso revisar cada herida, besar cada golpe.
Pero se obligó a quedarse donde estaba. Se obligó a verse desinteresada.
—Mi reina —dijo Bóreas, deteniéndose a unos pasos de ella—. Me dijeron lo que hiciste. Yo... Cronos... no pudimos protegerte. Lo siento.
Bajó la cabeza.
Aynara sintió que se derretía. Las lágrimas amenazaban con brotar, pero se las tragó. Levantó