En las ruinas de Cantrabia, el viento helado silbaba entre las piedras rotas. Aynara se había refugiado en un pequeño altillo, protegido del viento por tres paredes semiderruidas. Uzziel estaba sobre una manta improvisada, y ella lo cambiaba con manos temblorosas.
El pequeño estaba frío.
Sus pies, sus manitas, sus mejillas... todo en él irradiaba un frío que helaba el corazón de su madre. Aynara lo envolvió en las mantas que habían encontrado en los altillos, probablemente dejadas por viajeros