La carta que ardió…

Elena se acercó con pasos lentos, medidos, como si cada movimiento estuviera calculado para incomodar.

Lucía lo notó de inmediato.

Ese modo en que la princesa inclinaba apenas la cabeza, esa sonrisa suave que nunca llegaba a los ojos. El mismo gesto que precedía a las humillaciones disfrazadas de cortesía.

—Lucía —dijo Elena, con una voz demasiado dulce—. Justo pensaba en ti. Qué coincidencia encontrarte aquí.

Lucía sostuvo su mirada sin bajar la cabeza.

—Solo vine por unos libros —respondió co
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