La carta que ardió…

Elena se acercó con pasos lentos, medidos, como si cada movimiento estuviera calculado para incomodar.

Lucía lo notó de inmediato.

Ese modo en que la princesa inclinaba apenas la cabeza, esa sonrisa suave que nunca llegaba a los ojos. El mismo gesto que precedía a las humillaciones disfrazadas de cortesía.

—Lucía —dijo Elena, con una voz demasiado dulce—. Justo pensaba en ti. Qué coincidencia encontrarte aquí.

Lucía sostuvo su mirada sin bajar la cabeza.

—Solo vine por unos libros —respondió con calma—. No me quedaré mucho.

Elena ladeó el rostro, fingiendo sorpresa.

—¿Libros? —rió suavemente—. Siempre tan… modesta. Pensé que después del baile tendríamos mucho de qué hablar. Quizá podríamos tomar una taza de té juntas. A solas. Creo que hay cosas que deberíamos aclarar.

La palabra aclarar sonó más como una amenaza que como una invitación.

Lucía sintió el impulso de responder, de defenderse, de marcar un límite. Pero estaba cansada. Cansada de batallas innecesarias. Cansada de vivir rea
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