La mañana en que Lucía decidió que el mundo conocería su nombre, el sol no salió con la timidez de los meses anteriores. Se filtró por las rendijas de las persianas de madera con una determinación dorada, iluminando las partículas de polvo que danzaban sobre los rollos de terciopelo. No era un brillo más cálido, era un brillo de veredicto.
Lucía se detuvo frente a la fachada de la antigua tienda del duque. Ya no quedaba rastro del moho ni del olor a papel viejo y olvido. El edificio respiraba.