El nombre cayó entre ambas como un rayo silencioso.
Lucía sintió que el aire se volvía denso, casi irrespirable. No fue solo sorpresa. Fue una sensación más profunda, más peligrosa. Como si una puerta que había permanecido cerrada durante toda su vida acabara de abrirse sin pedir permiso.
—¿Por qué…? —susurró—. ¿Por qué me llama así?
La mujer frente a ella respiró hondo, como si se preparara para sostener un peso que llevaba demasiado tiempo cargando sola.
—Porque ese es tu nombre —dijo al fin,