El nombre cayó entre ambas como un rayo silencioso.
Lucía sintió que el aire se volvía denso, casi irrespirable. No fue solo sorpresa. Fue una sensación más profunda, más peligrosa. Como si una puerta que había permanecido cerrada durante toda su vida acabara de abrirse sin pedir permiso.
—¿Por qué…? —susurró—. ¿Por qué me llama así?
La mujer frente a ella respiró hondo, como si se preparara para sostener un peso que llevaba demasiado tiempo cargando sola.
—Porque ese es tu nombre —dijo al fin, con una voz quebrada pero firme—. Siempre lo ha sido.
Lucía negó lentamente con la cabeza.
—No —respondió—. Mi nombre es Lucía. Así me llamaron siempre.
La mujer dio un paso más cerca, con cuidado, como si temiera que Lucía retrocediera o se desvaneciera.
—En este mundo te llamaron así —dijo—. Pero tu nombre verdadero… el que te pertenece desde que naciste… es Laura.
El corazón de Lucía comenzó a latir con violencia.
—¿Cómo puede estar tan segura? —preguntó—. ¿Cómo sabe que yo… vengo de otro mu