A varios kilómetros de distancia, la lluvia no era una molestia decorativa, sino un elemento de muerte. El campo de batalla era un cenagal donde los gritos de los heridos se ahogaban en el fango. Kevin, con la armadura salpicada de una mezcla de lluvia y sangre ajena, observaba el caos con ojos febriles.
Su destacamento había interceptado lo que creían que era el convoy principal que trasladaba a los prisioneros de alto rango. Tras una escaramuza brutal que dejó decenas de bajas en ambos bandos