El amanecer sobre la capital no trajo consuelo, sino el estruendo metálico de las armaduras y el relincho de los caballos impacientes. La plaza del castillo estaba engalanada con estandartes carmesí y oro, una coreografía de patriotismo diseñada para ocultar la podredumbre que se gestaba en los sótanos del poder. El príncipe Kevin, montado sobre un semental negro que parecía tallado en obsidiana, encabezaba la expedición. A los ojos del pueblo, era el héroe que partía hacia el frente para resca