Lucía no recordó cómo llegó a casa.
Solo supo que, cuando cerró la puerta tras de sí, sus piernas finalmente cedieron. Se apoyó en la madera, respirando con dificultad, como si hubiera corrido durante horas… aunque el verdadero cansancio no estaba en su cuerpo, sino en su corazón.
Eduardo ya no estaba.
La imagen de los caballos alejándose seguía repitiéndose en su mente, una y otra vez, como un castigo.
Se llevó una mano al pecho.
—No puedo quedarme así… —susurró.
No podía permitirse caer. No a