Los meses pasaron sin pedir permiso.
Lucía los sintió deslizarse como hilos invisibles entre sus dedos, cada día marcado por el mismo ritual: trabajo, silencio… y espera.
La tienda, aquella que alguna vez fue solo una herencia incómoda del duque, había cambiado por completo. Ya no olía a abandono ni a recuerdos amargos. Ahora estaba llena de telas suaves, colores profundos, hilos ordenados con precisión y maniquíes que parecían guardar secretos.
Alana caminaba entre los estantes con orgullo.
—N