Lucía cerró la puerta de su casa con cuidado, como si el mundo pudiera romperse si hacía ruido.
El corazón aún le latía rápido.
No por miedo.
Por algo mucho más peligroso.
Se apoyó un segundo contra la madera, respirando hondo. La imagen de Eduardo esperándola fuera de la biblioteca, su sonrisa tranquila, la forma en que la miró sin exigirle nada… todo regresaba una y otra vez, insistente.
—No es nada —se dijo en voz baja—. Solo fue un momento.
Pero su pecho no estaba de acuerdo.
—¿Nada qué?
Lucía dio un pequeño salto. Giró de inmediato.
Alana estaba de pie en el pasillo, con los brazos cruzados y una sonrisa curiosa en los labios. Llevaba el cabello suelto y una vela encendida en la mano.
—¿Desde cuándo apareces sin avisar? —preguntó Lucía, llevándose una mano al pecho.
—Desde que llegas con esa cara —respondió Alana—. Esa cara que no se te veía desde hace mucho.
Lucía frunció el ceño, intentando disimular.
—¿Qué cara?
Alana levantó una ceja.
—La de alguien que acaba de vivir algo im