La mañana siguiente amaneció nublada, con un aire denso que parecía arrastrar secretos entre sus ráfagas. El castillo se movía lento, como si la noche anterior hubiese dejado un eco difícil de ignorar. Lucía no había dormido.
¿Cómo hacerlo, después de lo ocurrido?
Eduardo en su ventana.
Su voz baja, cercana.
Sus ojos que parecían prometer algo que él mismo temía.
Y luego Alana tocando la puerta, casi descubriéndolo, mientras él se escondía entre las sombras como un ladrón de destinos.
Lucía llevaba horas cosiendo para intentar calmar el temblor en sus manos, pero nada funcionaba. Ni el ruido suave de la aguja, ni el aroma a cera caliente, ni el silencio del amanecer.
No era miedo.
Era incertidumbre.
Y el susurro persistente de que debía hacer algo antes de que la historia la alcanzara.
Mientras doblaba la tela y guardaba los hilos, la idea le cayó encima con la fuerza de un presagio.
La biblioteca.
La más antigua.
La que nadie visitaba.
La que estaba en el pueblo, en la colina baja, c