El corazón no debería latir

Tac.

Algo golpeó de nuevo la ventana.

La vela parpadeó.

Lucía se quedó inmóvil, los dedos suspendidos en el aire.

Tac. Tac.

Esta vez más fuerte.

Ella sintió que el corazón se le subía hasta la garganta.

Se puso de pie lentamente, acercándose a la ventana con pasos que parecían no tener sonido.

Miraba hacia la puerta, no fuera ser que Kevin regresara.

Cuando el golpe resonó por tercera vez, Lucía pensó que su corazón iba a salírsele del pecho.

Se acercó a la ventana como si caminara hacia un destino que no podía evitar.

Corrió la cortina.

Y entonces lo vio.

Era Eduardo.

No parecía un hombre…

parecía un susurro de tormenta sostenido por la luna.

Estaba allí, apoyado en la repisa estrecha de piedra, con la capa oscura agitándose con el viento nocturno, el cabello ligeramente desordenado y los ojos—esos ojos—más brillantes que cualquier luz en el castillo.

Su pecho subía y bajaba como si hubiera corrido hasta ella.

Como si hubiera luchado contra todo para llegar.

Sus dedos, aún levantado
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