El anciano abrió la boca para decirle algo más.
Pero no alcanzó.
La puerta de la biblioteca se abrió con violencia.
Un joven empleado, de no más de diecisiete años, apareció corriendo.
—¡Señorita! —dijo entre jadeos—. ¿En qué le puedo servir?
Lucía lo miró, confundida.
—No se preocupe ya el señor me está atendiendo.
— Cual señor, si se encuentra sola.
—¿Sola?
—Hace años que esta biblioteca no tiene bibliotecario —añadió el chico, frunciendo el ceño—Yo cuido las llaves desde que el viejo murió.
Lucía sintió un vértigo extraño.
—¿Murió? —susurró—. ¿Cuándo?
—Hace… siete años, señorita.
Las piernas casi se le doblaron.
El muchacho continuó:
—Si quiere puedo traerle agua. Parece como si hubiera visto un fantasma.
Lucía no respondió.
Porque eso era exactamente lo que creía haber visto.
—Sí —dijo él—. Aquí no hay nadie más. Solo yo.
Lucía giró.
El anciano había desaparecido.
No había pasos.
No había rastro.
Nada.
La mesa donde estaba tenía una capa de polvo intacta.
El chico la miraba con