El anciano abrió la boca para decirle algo más.
Pero no alcanzó.
La puerta de la biblioteca se abrió con violencia.
Un joven empleado, de no más de diecisiete años, apareció corriendo.
—¡Señorita! —dijo entre jadeos—. ¿En qué le puedo servir?
Lucía lo miró, confundida.
—No se preocupe ya el señor me está atendiendo.
— Cual señor, si se encuentra sola.
—¿Sola?
—Hace años que esta biblioteca no tiene bibliotecario —añadió el chico, frunciendo el ceño—Yo cuido las llaves desde que el viejo murió