El avión aterrizó de madrugada.
La bruma de la pista se mezclaba con el cansancio dulce que deja un viaje lleno de emociones. Clara se sujetó del brazo de Mateo mientras bajaban por la escalera metálica. Doña Zulema, con su chal doblado en el antebrazo, suspiró con alivio.
—Gracias, Señor, que llegamos enteros.
—Enteros y bien comidos —respondió Mateo, sonriendo—. Si seguimos así, vamos a tener que pagar sobrepeso… pero de pan ucraniano.
Clara se rió. Habían pasado cinco días inolvidabl