El resort quedaba a una hora de la ciudad, escondido entre árboles altos y un río que corría como un secreto a cielo abierto. Tenía cabañas de madera, una terraza amplia con piso de piedra y luces cálidas, y una piscina donde el sol temblaba como una moneda dorada. Al llegar, Clara sintió que todo era más liviano: el aire, su paso, el peso de la panza. Mateo bajó las maletas del auto, con esa mezcla de eficiencia y torpeza que lo hacía adorable.
—¿Lista para que te consientan? —preguntó, acom