La casa Thomas amaneció con un silencio distinto: no era vacío, era descanso. La noche anterior había dejado huellas tibias —copas con marcas de dedos, mantas sobre los sillones, una flor seca atrapada entre dos páginas de un libro— y, sin embargo, todo parecía recién dispuesto para un día claro. Desde la ventana del cuarto, Clara contempló el jardín de abedules donde un viento leve hacía bailar hojas color miel. Mateo, todavía descalzo, le pasó un brazo por los hombros.
—¿Dormiste bien?
—Com