La mañana del regreso tenía un tono de cristal fino. El cielo filtraba una luz dorada y fría sobre los abedules, y el humo del té se elevaba como un hilo tranquilo desde la mesa del comedor.
Las maletas esperaban junto a la puerta del vestíbulo; sobre una, Clara había colocado el pañuelo blanco bordado que la familia les regaló, como si fuera un amarre de buena suerte. Doña Zulema no estaba: había salido temprano al pueblo con Lina, la traductora, “a por especias, frutas y panes para llevar a