Los pasillos del hospital olían a desinfectante y a café viejo. A media mañana, dos hombres entraron discretos por la puerta lateral, guiados por Mykola. Llevaban los abrigos húmedos y una certeza grabada en el gesto.
En la habitación, Bastian estaba incorporado apenas, respirando con ayuda. Un monitor marcaba su pulso con un pitido regular. Mykola cerró la puerta tras ellos.
—¿Y bien? —preguntó en voz baja.
El más alto asintió, mirando a Bastian con respeto.
—El mensaje fue claro. Lo e