Cuando la puerta se cerró definitivamente, un temblor lo sacudió. No era solo físico: era una derrota que no cabía en su pecho altivo.
Quedó Esteban, blanco como si un sudor le hubiera blanqueado la piel, con las manos frías y la respiración floja. Miró a su jefe con una expresión que sabía más a súplica que a reproche.
Facundo no habló de inmediato. Su respiración se aceleró y sus dedos apretaron la sábana hasta marcar la tela. Por dentro, su mente era una batalla: estaba destrozado, abati