El reloj del Hospital Santa Regina marcaba poco después del mediodía. La luz blanca de la sala, implacable, se reflejaba en las bolsas de suero y en los monitores que rodeaban la cama. Clara yacía inmóvil, su piel aún marcada por moretones y la delgadez extrema que el cautiverio le había dejado.
Mateo no apartaba los ojos de ella. Aún sentía el movimiento de sus dedos esa madrugada, aún resonaban en su mente los segundos en que ella había pedido agua con los labios resecos. Pero ahora todo es