La noche pesaba en la clínica Santa Regina. En el piso privado, adquirido por el tío de Mateo a fuerza de dinero, el ambiente era solemne: un silencio roto solo por el pitido constante de los monitores y el leve zumbido de las máquinas que mantenían con vida a Clara.
Mateo estaba sentado junto a la cama, con las manos entrelazadas a las de su esposa. Tenía el rostro cansado, los ojos enrojecidos de tanto llorar y de no dormir. No se apartaba ni un instante, como si temiera que al soltarla ell