El monitor marcaba un pitido constante, estableciendo el ritmo de la tensión en la habitación. Clara yacía conectada a tubos y cables, recibiendo líquidos y nutrientes que devolvían poco a poco la fuerza que el encierro le había robado. Mateo no le soltaba la mano, con los ojos rojos de tanto llorar y velar.
El obstetra regresó con un ecógrafo portátil. Se acercó a la cama con un gesto grave.
—Necesito hacer una evaluación más completa del embarazo. El doppler nos mostró el latido, pero deb