El sol apenas había terminado de abrirse paso entre las nubes cuando Gabriela se inclinó sobre Damián para acomodarle una manta.
La luz suave entraba por la ventana del apartamento, iluminando los vendajes que apenas sobresalían bajo su camisola.
Él seguía adolorido, con golpes leves y moretones, pero insistía en moverse como si no hubiese pasado nada.
—No seas terco —murmuró ella, rozando su frente con la punta de los dedos—. Necesitas descansar.
Damián sonrió, esa sonrisa cálida que siempre