El sol apenas había terminado de abrirse paso entre las nubes cuando Gabriela se inclinó sobre Damián para acomodarle una manta.
La luz suave entraba por la ventana del apartamento, iluminando los vendajes que apenas sobresalían bajo su camisola.
Él seguía adolorido, con golpes leves y moretones, pero insistía en moverse como si no hubiese pasado nada.
—No seas terco —murmuró ella, rozando su frente con la punta de los dedos—. Necesitas descansar.
Damián sonrió, esa sonrisa cálida que siempre lograba desarmarla.
—Estoy bien, Gaby. Te lo juro —susurró, como si su voz pudiera aliviarla.
—Igual… —ella respiró hondo, intentando sostener la mentira— prométeme que descansarás hoy.
Él se incorporó un poco, sujetándola por la cintura para atraerla hacia sí.
—Si me lo dices así… prometo obedecer.
Su intento de humor no logró borrar la tensión del rostro de Gabriela.
Había una sombra detrás de sus ojos, una carga invisible que él no tardó en notar.
—¿Pasa algo? —preguntó, intentando buscar su