El amanecer volvió a entrar en la mina sin miedo.
No fue un amanecer ruidoso ni triunfal. No hubo sirenas, ni discursos, ni cámaras esperando captar el momento exacto de la redención. Fue uno de esos amaneceres que llegan despacio, como pidiendo permiso, filtrándose entre las estructuras metálicas, deslizándose por los rieles oxidados, rozando la tierra aún húmeda por el rocío de la madrugada.
La mina despertaba distinta.
Damián caminó por el patio principal con las manos en los bolsillos, el p