La noche caía pesada sobre la ciudad cuando Damián llegó al edificio de Jorge.
No apagó el motor de inmediato. Permaneció dentro del auto, con las manos firmes sobre el volante, mirando un punto fijo frente a él. Sentía el pecho comprimido, como si algo invisible le apretara el corazón desde dentro. Todo en su vida parecía haberse torcido en cuestión de días: su matrimonio, su madre, Gabriela… y ahora su hermano.
Finalmente bajó del auto y subió los escalones de dos en dos. Golpeó la puerta con fuerza.
Jorge abrió casi de inmediato.
—Pasa —dijo, sin sorpresa.
Damián entró sin saludar. Caminó hasta el centro de la sala y se detuvo de golpe, como si el aire se hubiera vuelto más denso.
—Te consideraba mi amigo —dijo, sin rodeos.
Jorge cerró la puerta con calma. No respondió enseguida.
—Y lo sigo siendo —contestó al fin.
Damián soltó una risa amarga.
—Los amigos no defienden a la mujer que te traicionó.
—Los amigos defienden la verdad —replicó Jorge—. Aunque duela.
Damián se giró hacia é