Gabriela sostenía un bolígrafo entre los dedos mientras llenaba los formularios de salida de Damián.
—Nombre del paciente… —murmuró, completando los datos—.
Estado físico… estable… recomendaciones médicas…
Respiró hondo para calmarse.
Justo cuando estaba por entregar los papeles, un ruido empezó a crecer desde la entrada principal.
Voces. Pasos rápidos. El chirrido de una camilla.
—¡Urgencias! ¡Paciente femenina, caída por escalera, posible pérdida masiva de sangre! ¡Está embarazada!
Gabriela levantó la mirada.
La camilla cruzó frente a ella como un relámpago.
Y entonces lo vio.
—¿Victoria? —susurró, helada.
El rostro de la mujer estaba pálido, casi azul.
Los médicos corrían mientras presionaban compresas en sus piernas.
Había sangre… demasiada.
Un minuto después, la puerta automática se abrió otra vez.
Adrián entró.
Despeinado, respirando rápido… y con los ojos inyectados de algo que no era preocupación.
Era furia.
Era miedo.
Era culpa.
Gabriela caminó hacia él sin pensarlo.
—¿Qué pa