Adrián regresó a la ciudad como si nada hubiera pasado.
Sin escoltas. Sin prensa. Sin escándalo.
Entró a la casa de Richar con paso lento, el rostro cansado, la barba mal afeitada y una expresión que parecía cuidadosamente ensayada frente al espejo. Traía el mismo discurso memorizado, palabra por palabra, como si repetirlo lo hiciera verdad.
—¿Dónde estabas? Todos estamos preocupados por Gabriela. —habló Richar.
—Gabriela no quiere ver a nadie —dijo —. Está descansando… está confundida… me pid