Adrián regresó a la ciudad como si nada hubiera pasado.
Sin escoltas. Sin prensa. Sin escándalo.
Entró a la casa de Richar con paso lento, el rostro cansado, la barba mal afeitada y una expresión que parecía cuidadosamente ensayada frente al espejo. Traía el mismo discurso memorizado, palabra por palabra, como si repetirlo lo hiciera verdad.
—¿Dónde estabas? Todos estamos preocupados por Gabriela. —habló Richar.
—Gabriela no quiere ver a nadie —dijo —. Está descansando… está confundida… me pidió espacio.
Richar frunció el ceño de inmediato.
—¿Espacio de quién? —preguntó—. ¿De Damián? ¿De Lucía? ¿De todos?
Adrián suspiró, teatral.
—De todo. Ha pasado por demasiado. La cárcel, los rumores, la presión… Necesita tiempo. Yo respeto su decisión.
No terminó de convencer ni siquiera a sí mismo.
Justo en ese memento, el timbre de la puerta dela casa de Richar sonó. Richar caminó de prisa y se llevó la sorpresa que se trataba de Damián.
Entró sin pedir permiso y se dirigió directo a Adrián.