El silencio se había convertido en una costumbre peligrosa dentro de la casa De La Vega.
Damián lo sentía en la piel cada vez que cruzaba un pasillo, cada vez que pasaba frente a la habitación donde Luis dormía más de lo que estaba despierto.
Por eso empezó a buscarlo a solas.
Sin testigos.
Sin su madre.
Sin médicos.
Sin Nico.
Cerró la puerta con cuidado y se sentó frente a él, como si no fueran hermanos separados por años de mentiras, sino dos hombres heridos por la misma mujer.
—Soy yo... Damián.
Luis alza la mirada con lentitud. Sus ojos eran un mar espeso, cubierto por una neblina que parecía no disiparse nunca del todo.
—No tienes que responder —añadía Damián—. Solo escúchame.
Le hablaba de la mina.
De Nico.
De Gabriela.
Le hablaba como se le habla a alguien que ha sido arrancado del mundo.
—Nos dijeron que estabas muerto —confesó—. Nos hicieron creer que te habíamos enterrado.
Luis parpadeó. Un temblor recorrió su mandíbula.
—Yo… —susurró—. No… recuerdo…
Damián respiró hondo.
—E