Capítulo 89: La culpable debe pagar

La habitación no tenía relojes.

Gabriela lo entendió cuando el cuerpo dejó de obedecer al tiempo. Dormía cuando el cansancio la vencía y despertaba cuando la ansiedad la empujaba fuera de la cama. No había amanecer ni anochecer claros. Solo una luz constante, artificial, que entraba a través de unas cortinas pesadas, de tela gruesa, siempre corridas a medias.

Era una jaula elegante.

El encierro no era burdo. Adrián había sido cuidadoso. Nada de cadenas. Nada de gritos constantes. Nada que pudie
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