La habitación no tenía relojes.
Gabriela lo entendió cuando el cuerpo dejó de obedecer al tiempo. Dormía cuando el cansancio la vencía y despertaba cuando la ansiedad la empujaba fuera de la cama. No había amanecer ni anochecer claros. Solo una luz constante, artificial, que entraba a través de unas cortinas pesadas, de tela gruesa, siempre corridas a medias.
Era una jaula elegante.
El encierro no era burdo. Adrián había sido cuidadoso. Nada de cadenas. Nada de gritos constantes. Nada que pudiera dejar marcas visibles.
Eso lo hacía peor.
Porque el control estaba en cada detalle.
En cuándo comía.
En cuándo hablaban.
En cuándo estaba sola.
Y sobre todo… en cómo la miraba.
Gabriela se levantó de la cama con sigilo y volvió a intentar la puerta. Presionó el picaporte, giró con fuerza, empujó con el hombro.
Nada.
El metal no cedió ni un milímetro.
Un nudo le subió por la garganta, pero no lloró. Llorar era perder energía, y ella necesitaba cada gramo de fuerza que le quedaba.
Fue al baño.