La habitación no tenía relojes.
Gabriela lo entendió cuando el cuerpo dejó de obedecer al tiempo. Dormía cuando el cansancio la vencía y despertaba cuando la ansiedad la empujaba fuera de la cama. No había amanecer ni anochecer claros. Solo una luz constante, artificial, que entraba a través de unas cortinas pesadas, de tela gruesa, siempre corridas a medias.
Era una jaula elegante.
El encierro no era burdo. Adrián había sido cuidadoso. Nada de cadenas. Nada de gritos constantes. Nada que pudie