La tarde se teñía de tonos dorados cuando Gabriela se quedó unos segundos más en la oficina, acariciando con ternura la fotografía de Gabriel, su hijo. Era su ritual silencioso, un momento íntimo que le recordaba la razón por la que seguía luchando. Sus dedos temblaban al rozar la sonrisa inocente de aquel niño, y sus ojos se llenaron de lágrimas. —Tu mamá se está convirtiendo en una geóloga, mi amor… —susurró con un hilo de voz, forzando una sonrisa quebrada—. Todo esto también es por ti.El golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos. Lucia, la ingeniera minera, asomó la cabeza con su habitual seriedad.—Gabriela, te esperan afuera.Ella respiró hondo, dejó la foto en el escritorio como si la protegiera y salió con paso firme. Afuera, la explanada estaba llena de vida: hombres, mujeres y niños, todos vestidos con sus mejores galas, celebraban con expectación. Doña Elvira, impecable en un vestido color esmeralda, se erguía al frente con la seguridad de una reina. A su la
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