El volante temblaba entre las manos de Gabriela mientras conducía de regreso a la ciudad.
El paisaje pasaba como una mancha borrosa, pero no lograba sacar de su cabeza la imagen de Luis en aquella cama fría, con la mirada perdida, convertido en un fantasma que respiraba.
Luis está vivo.
No era una sospecha.
No era un rumor.
Era una verdad que le había explotado en el pecho como una bomba.
Su corazón latía tan rápido que sentía que se le iba a romper dentro del pecho.
Tenía que contárselo a