El volante temblaba entre las manos de Gabriela mientras conducía de regreso a la ciudad.
El paisaje pasaba como una mancha borrosa, pero no lograba sacar de su cabeza la imagen de Luis en aquella cama fría, con la mirada perdida, convertido en un fantasma que respiraba.
Luis está vivo.
No era una sospecha.
No era un rumor.
Era una verdad que le había explotado en el pecho como una bomba.
Su corazón latía tan rápido que sentía que se le iba a romper dentro del pecho.
Tenía que contárselo a Damián. Tenía que hacerlo ahora. No podía esperar.
Pero al entrar al estacionamiento del edificio, un auto negro se cerró frente al suyo, bloqueando su paso.
Y del asiento trasero descendió doña Elvira.
Impecable.
Fría.
Con el rostro endurecido como mármol.
Y la mirada… esa mirada fría como bisturí.
—Baja del auto —ordenó sin levantar la voz.
No era una petición.
Gabriela sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero obedeció. Cerró la puerta suavemente y dio unos pasos hacia ella.
Doña El