Gabriela no dejaba de mirar a Damián.
Cada respiración que él tomaba era un alivio.
Cada parpadeo, una prueba de que estaba vivo… que no lo había perdido.
Cuando el médico entró, Gabriela se levantó de golpe.
—¿Cómo está? —preguntó con un hilo de voz.
El doctor revisó el expediente, luego a Damián.
—Golpes leves, contusiones y deshidratación —informó—. Nada grave. Ha tenido mucha suerte. Puede irse a casa esta misma tarde, pero necesita reposo.
Gabriela cerró los ojos, agradecida.
Damián sonrió