Gabriela no dejaba de mirar a Damián.
Cada respiración que él tomaba era un alivio.
Cada parpadeo, una prueba de que estaba vivo… que no lo había perdido.
Cuando el médico entró, Gabriela se levantó de golpe.
—¿Cómo está? —preguntó con un hilo de voz.
El doctor revisó el expediente, luego a Damián.
—Golpes leves, contusiones y deshidratación —informó—. Nada grave. Ha tenido mucha suerte. Puede irse a casa esta misma tarde, pero necesita reposo.
Gabriela cerró los ojos, agradecida.
Damián sonrió débilmente y buscó su mano.
—¿Ves? Estoy bien.
Ella se inclinó y lo besó suavemente en la frente.
—Gracias a Dios…
Pero antes de que pudiera terminar la frase, la puerta se abrió de golpe.
Doña Elvira entró primero.
Detrás de ella, Ángeles.
—¡Damián! —gritó Elvira, corriendo hacia la cama.
Lo abrazó como si fuera un niño pequeño.
—¡Mi amor! ¡Estaba tan preocupada! —exclamó, llorosa—. Casi me da un ataque cuando me dijeron que no salías del túnel…
Damián le devolvió el abrazo, aunque claramente