El primer sonido que Gabriela escuchó fue un pitido lejano.
Luego, un dolor punzante detrás de la cabeza.
Abrió los ojos lentamente.
La habitación estaba en penumbra. Ropa impecablemente doblada sobre una silla, cortinas pesadas, el aroma inconfundible de rosas caras.
La casa De La Vega.
Trató de incorporarse, pero un mareo la obligó a recostarse nuevamente.
Un segundo después, la puerta se abrió de golpe.
—¡Ay, gracias a Dios! —exclamó doña Elvira con una expresión perfectamente ensayada—. Te encontré desmayada cerca de mi estudio. ¿Qué estabas haciendo ahí?
Gabriela se puso rígida.
Elvira caminó hasta ella con paso firme, ojos fríos, sonrisa amable.
—Espero que entiendas que esa área es privada —dijo, acomodándole la almohada como una madre preocupada—. Tengo documentos muy importantes. No puedes entrar allí.
El tono era suave…
pero la amenaza estaba enterrada entre cada palabra.
—Yo… no recuerdo nada —mintió Gabriela, sintiendo cómo le temblaban las manos.
—Me alegra escuchar eso —