El primer sonido que Gabriela escuchó fue un pitido lejano.
Luego, un dolor punzante detrás de la cabeza.
Abrió los ojos lentamente.
La habitación estaba en penumbra. Ropa impecablemente doblada sobre una silla, cortinas pesadas, el aroma inconfundible de rosas caras.
La casa De La Vega.
Trató de incorporarse, pero un mareo la obligó a recostarse nuevamente.
Un segundo después, la puerta se abrió de golpe.
—¡Ay, gracias a Dios! —exclamó doña Elvira con una expresión perfectamente ensayada—. Te