Mundo ficciónIniciar sesiónAlma Ríos jamás imaginó que amar podría convertirse en una condena. Se enamoró de Gael Montenegro, un hombre poderoso, dominante y marcado por un pasado violento. Él no sabía amar sin controlar, ni tocar sin poseer. Para Gael, amar a Alma significaba tenerla… incluso en contra de su voluntad. Cuando Alma descubre que su relación está construida sobre mentiras, vigilancia y una traición imperdonable, intenta huir. Pero Gael no concibe la pérdida. Para él, el abandono es una provocación y el amor, una guerra. Entre huidas, amenazas disfrazadas de promesas y una pasión que se niega a morir, Alma deberá decidir si el amor que siente es suficiente para sobrevivir… o si quedarse a su lado será su destrucción definitiva. Porque hay amores que no se terminan. Solo se vuelven más peligrosos.
Leer másLa primera vez que Alma sintió miedo de Gael no fue cuando gritó.
Fue cuando sonrió.Estaba de pie frente a la ventana, con la ciudad extendiéndose a sus pies como un mapa de luces frías. Alma sostenía la maleta con ambas manos, los nudillos blancos de tanto apretarla. Había ensayado ese momento durante semanas: las palabras, el tono firme, la dignidad que no quería perder. Pero nada la había preparado para el silencio de él.
—¿Eso es todo lo que vas a llevarte? —preguntó Gael sin voltear.
Su voz era baja, controlada. Demasiado.
—Es suficiente —respondió Alma, tragando saliva—. No necesito más.
Gael giró lentamente. Vestía de negro, como casi siempre. Elegante. Impecable. El hombre que todos respetaban, al que nadie se atrevía a contradecir. El mismo que, puertas adentro, sabía exactamente cómo quebrarla.
—No —dijo—. No es suficiente.
Alma sintió un escalofrío.
—No estoy pidiendo permiso. Me voy.La sonrisa apareció entonces. Lenta. Peligrosa. No llegó a sus ojos.
—Te equivocas —respondió él—. Siempre que cruzas esa puerta, me estás pidiendo permiso.
Alma dio un paso atrás.
—Gael, esto se terminó. No quiero seguir viviendo con miedo. No quiero revisar mi teléfono pensando que me estás vigilando. No quiero explicarte cada respiración.Él caminó hacia ella con calma, como un depredador seguro de su presa.
—Eso no es miedo —corrigió—. Es pertenencia.La palabra cayó como un golpe.
—No soy un objeto —dijo ella, con la voz quebrándose—. Soy tu pareja… o lo fui.
Gael se detuvo frente a ella. Levantó una mano y tomó un mechón de su cabello, deslizándolo entre sus dedos.
—Eres mía —susurró—. Y eso es mucho más que ser pareja.Alma apartó su mano de golpe.
—Eso es lo que no entiendes. Amar no es poseer.Él la miró fijo, los ojos oscuros endureciéndose.
—Yo no sé amar de otra forma.El silencio se volvió espeso. Alma sintió que el aire no alcanzaba. Aun así, reunió el valor que le quedaba y avanzó hacia la puerta.
Gael la detuvo.
La sujetó del brazo con fuerza suficiente para marcarla, pero no para dejar moretones visibles. Siempre era cuidadoso. Siempre calculaba.
—No cruces esa puerta —ordenó.
—Suéltame.
—No.
Alma lo miró con rabia, con dolor, con todo lo que había callado durante años.
—Me estás perdiendo, Gael.Por primera vez, algo se quebró en su expresión. No fue tristeza. Fue pánico.
—No —dijo, negando con la cabeza—. No me abandonas. Nadie me abandona.
Ella logró soltarse.
—No puedes obligarme a quedarme.Gael rió, pero no había humor en su voz.
—Claro que puedo.Alma sintió el terror treparle por la espalda.
—¿Me estás amenazando?Él se acercó de nuevo, inclinándose hasta quedar a centímetros de su rostro.
—Te estoy advirtiendo —murmuró—. El mundo es cruel con las mujeres que se van solas. Especialmente con las que saben demasiado.Las lágrimas quemaron los ojos de Alma, pero no cayó ninguna.
—Eso no es amor.Gael la observó en silencio durante unos segundos eternos.
—No —admitió—. Es necesidad. Y la necesidad vuelve peligroso a cualquiera.Ella abrió la puerta.
El aire nocturno la golpeó en el rostro. Dio un paso afuera, temblando, sintiendo que cada latido era una despedida.
—Alma —la llamó él.
No se detuvo.
—Si no eres mía… —continuó, con una voz tan fría que helaba— no serás de nadie.
Alma cerró los ojos un segundo. Luego siguió caminando.
No sabía que esa frase no era una amenaza vacía.
Era una promesa.Y Gael Montenegro nunca rompía sus promesas.
La primavera llegó sin pedir permiso.El pueblo parecía otro desde que los árboles florecieron y las mañanas dejaron de oler a miedo. Alma lo notó una tarde cualquiera, mientras caminaba despacio y comprendió que por primera vez en años no estaba mirando hacia atrás.No había pasos siguiéndola.No había sombras acechando.No había gritos que la despertaran de madrugada.Solo había aire.Y futuro.Damián caminaba a su lado, atento pero sin invadir, como siempre había sido con ella. No la sostenía porque ella pudiera caerse, sino porque quería compartir el paso. Era una diferencia sutil… y enorme.—¿Amor, estás bien? —preguntó, mirándola de reojo.Alma sonrió.—Estoy en paz —respondió—. Creo que todavía me estoy acostumbrando.Damián no dijo nada. Apretó apenas su mano. Sabía que había silencios que no necesitaban palabras.GaelGael estaba preso cuando Alma firmó los papeles de su divorcio.No pidió verlo.No necesitó despedirse.No le guardó odio.La condena había sido clara. Larga. D
Gael fue detenido tres semanas después.No hubo persecución cinematográfica ni resistencia heroica. Lo encontraron en un pueblo pequeño, trabajando por comida en un taller mecánico. Cuando vio a los policías, no corrió.Bajó la cabeza.Como si llevara días esperando ese momento.Durante el traslado, no pidió abogado. No preguntó por Alma. Solo cerró los ojos, apoyó la frente contra el vidrio frío del patrullero y dejó que el cansancio, por fin, lo alcanzara.En la audiencia preliminar confesó.No intentó justificarse.No habló de amor.No dijo que lo hizo por protegerla.Dijo la verdad.—Tuve miedo —admitió—. Y creí que mi miedo era más importante que su voluntad.Eso fue suficiente.La condena no fue inmediata, pero fue firme.Y esta vez, inapelable.A Gael no lo juzgaron solo por aquella tarde. cuando intento arrebatar la vida a Damian.Pesaron sobre él la portación ilegal de arma, el intento de homicidio y el homicidio consumado tras la muerte del hombre en el local donde Lucía per
—Porque ya no quería huir —dijo—. Ni con miedo, ni por amor, ni por culpa.La oficial la observó con atención.—¿Gael se fue solo?—Sí.—¿Lo ayudó a escapar?—No.—¿Sabe hacia dónde fue?Alma negó.—Solo sé que corrió hacia el bosque.La grabadora se detuvo.—Por ahora es todo —dijo la oficial—. Vamos a dejar constancia de su declaración. Es probable que la citen nuevamente.Alma asintió.—¿Damián…? —preguntó, con un hilo de voz—. ¿Cómo está?La oficial dudó un segundo.—Está siendo atendido —respondió—. Está vivo.Alma cerró los ojos.No sonrió.No suspiró.Solo dejó caer la cabeza hacia adelante, como si el cuerpo por fin se permitiera soltar un poco del peso.—Gracias —murmuró.Cuando la dejaron sola en la sala, Alma se quedó mirando la pared blanca frente a ella.Había dicho la verdad.Toda.Y esa verdad tenía un nombre.Gael.Su esposo.El hombre que una vez amó.El hombre que creyó salvarla.El hombre que ahora estaba huyendo… mientras ella se quedaba, por primera vez, enfrentan
El ruido fue mínimo.Una pisada mal apoyada sobre grava húmeda.Un chasquido seco, breve, que no pertenecía al viento ni a la casa.Damián lo oyó.No se giró de inmediato.Ese fue su error.—Sueltala.La voz salió desde atrás, grave, contenida, con una calma que no era natural. No era la calma de quien duda, sino la de quien ya decidió.Alma se estremeció.No tuvo que ver el arma para saberlo. Lo sintió en el aire, en la tensión súbita que cruzó el cuerpo de Damián, en el modo en que sus dedos dejaron de moverse.—Despacio —repitió la voz—. Un paso atrás. Ahora.Damián obedeció.No porque tuviera miedo.Sino porque era inteligente.Dio un paso atrás, levantando las manos con parsimonia, como si la escena fuera una negociación y no una emboscada.—Vaya —dijo, sin volverse del todo—. Pensé que tardarías más.Alma giró la cabeza.Y lo vio.Gael estaba a unos metros, con el arma firme, sostenida con ambas manos, los brazos tensos pero estables. No temblaba. No dudaba. Su mirada estaba fij
AlmaA la mañana siguiente, Damián estaba de buen humor.Demasiado.Silbaba mientras preparaba café. Se movía por la cocina con una ligereza que no le era habitual, como si algo le resultara entretenido por dentro. Alma lo observó desde la mesa, con la taza entre las manos, tratando de no dejarse llevar por la incomodidad que le rozaba la nuca desde temprano.—Hoy no voy a trabajar —anunció él, sin mirarla—. Pedí el día.Eso sí la hizo alzar la vista.—¿Te sientes bien?—Perfecto —respondió, sonriendo—. De hecho… mejor que nunca.Se acercó y le apoyó una mano en el hombro. El gesto fue cariñoso, pero Alma notó la presión exacta de sus dedos. Medida. Controlada.—Pensé en hacer algo especial —continuó—. Para ti.Alma dudó.—¿Especial cómo?Damián se inclinó un poco, como si fuera a contarle un secreto.—Una sorpresa.Ella esbozó una sonrisa pequeña, automática.—No tenías que…—Quiero —la interrumpió—. Pero necesito que confíes en mí.La palabra quedó flotando entre los dos.Confiar.—
Al principio, Alma se dijo que había hecho lo correcto.Se lo repitió mientras barría los restos de madera de la puerta rota. Mientras acomodaba la mesa que había quedado corrida. Mientras respiraba hondo para que el temblor en las manos no se notara.Paz, se dijo.Eso era lo que había elegido.Damián se ofreció a reparar la puerta esa misma noche, pero Alma negó con la cabeza.—Mañana —dijo—. Hoy no.Él no insistió.Ese detalle, mínimo, le resultó reconfortante.La noche pasó sin sobresaltos. Alma durmió poco, pero durmió. Soñó con ruidos lejanos, con pasos que no sabía si se acercaban o se alejaban. Al despertar, la casa estaba en silencio, como siempre.Demasiado.Damián salió temprano a trabajar. Le dejó manzanas sobre la mesa, como cada día. Esta vez eran verdes.Alma las miró un momento antes de guardarlas.No sabía por qué, pero algo en ese gesto cotidiano empezó a incomodarla. No el hecho en sí… sino lo automático que se había vuelto.Siempre manzanas, pensó.Siempre a la mism
Último capítulo