Victoria estaba sentada en el borde de la cama, con una bata de seda arrugada, mirando la pared sin realmente verla.
Su mejilla aún estaba roja… una marca dolorosa que llevaba horas ardiendo sobre su piel como una confesión silenciosa.
No lloraba.
No gritaba.
No hablaba.
Solo existía…
rota.
El sonido de la puerta abriéndose la obligó a parpadear.
Adrián entró con paso lento, medido, casi calculado.
—Victoria… —su voz sonó suave, demasiado suave para ser sincera—. No quise… lastimarte.
Ella se estremeció.
No respondió.
Adrián se acercó y se agachó frente a ella.
—Lo siento —dijo, tomando sus manos—. Fue un impulso. Tengo mucho estrés. La prensa. La mina. El negocio…
Ella retiró las manos con un movimiento brusco.
Adrián suspiró, irritado por dentro, pero manteniendo el tono dulce.
—Vamos a olvidar lo que pasó, ¿sí? —dijo acariciando su rostro, justo donde la había golpeado—. Tienes que arreglarte. Te ves… mal.
Victoria sintió un nudo en la garganta.
—Estoy cansada… —susurró, con un