Victoria estaba sentada en el borde de la cama, con una bata de seda arrugada, mirando la pared sin realmente verla.
Su mejilla aún estaba roja… una marca dolorosa que llevaba horas ardiendo sobre su piel como una confesión silenciosa.
No lloraba.
No gritaba.
No hablaba.
Solo existía…
rota.
El sonido de la puerta abriéndose la obligó a parpadear.
Adrián entró con paso lento, medido, casi calculado.
—Victoria… —su voz sonó suave, demasiado suave para ser sincera—. No quise… lastimarte.
Ella