El aroma del pan recién horneado se mezclaba con el murmullo de las tazas, las risas discretas y el sonido lejano de una radio que hablaba de política y minería.
En una de las mesas del fondo, Doña Elvira De La Vega esperaba con su infalible postura recta, los dedos entrelazados sobre la servilleta y una sonrisa tan amable como calculada.
Frente a ella, Gabriela llegó con paso seguro. Llevaba una blusa blanca y el cabello recogido en un moño sencillo. A pesar de que la invitación la había sorpr