El amanecer pintó la mina con un resplandor dorado.
El motor de una camioneta ronroneó a la distancia, y, como si el destino midiera el tiempo con una regla invisible, Gabriela cruzó el patio con una carpeta en la mano justo cuando Damián bajaba del vehículo con dos cafés humeantes.
—¿Temprano? —preguntó él, tendiéndole uno.
—Demasiado —respondió ella, aceptándolo—. Los informes no se hacen solos.
Compartieron una sonrisa breve, de esas que esconden demasiadas cosas. Nadie más que ellos sabía