El amanecer pintó la mina con un resplandor dorado.
El motor de una camioneta ronroneó a la distancia, y, como si el destino midiera el tiempo con una regla invisible, Gabriela cruzó el patio con una carpeta en la mano justo cuando Damián bajaba del vehículo con dos cafés humeantes.
—¿Temprano? —preguntó él, tendiéndole uno.
—Demasiado —respondió ella, aceptándolo—. Los informes no se hacen solos.
Compartieron una sonrisa breve, de esas que esconden demasiadas cosas. Nadie más que ellos sabía que, desde hacía días, el reloj les había cambiado: los desayunos eran ahora clandestinos, a media luz, detrás de cajas y planos, lejos de miradas indiscretas… lejos, sobre todo, de Doña Elvira y Ángeles.
Entraron a la oficina. Damián encendió la lámpara del banco de trabajo; sobre la mesa, las muestras brillaban con reflejos plateados.
—Traje los perfiles de la veta norte —dijo ella, desplegando los planos—. Si abrimos aquí, minimizamos riesgos de derrumbe y aumentamos el flujo de aire.
—Siem